Corregir en tiempos de IA: cuando el problema no es la trampa
Maria Dolors Miquel Abril • 8 de mayo de 2026
Herramienta o delegación cognitiva

Corregir siempre ha tenido algo de detective. Quien se dedica a la docencia sabe que, más allá de poner una nota, hay una lectura entre líneas: reconocer estilos, detectar dudas, identificar cuándo algo no encaja.
Pero en los últimos meses, esa sensación se ha intensificado.
Lees trabajos impecables. Estructuras perfectas. Vocabulario preciso. Argumentaciones aparentemente sólidas. Y, sin embargo, algo falla. No es un error concreto. Es una ausencia. Falta fricción. Falta duda. Falta ese pequeño desorden que deja el pensamiento cuando está en proceso.
Entonces lo sabes.
No porque la inteligencia artificial esté mal utilizada, sino porque ha dejado de ser una herramienta para convertirse en sustituto. Y ahí es donde empieza el verdadero problema.
No se trata de un debate moral sobre copiar o no copiar. Ese marco se queda corto. Tampoco se trata de demonizar la tecnología. La inteligencia artificial es, sin duda, una herramienta poderosa y negarlo sería tan inútil como pedir que desaparezca.
La cuestión es otra. Más incómoda. Más profunda.
¿Qué ocurre cuando dejamos de hacer el esfuerzo cognitivo que implica aprender?
Porque aprender no es entregar un resultado correcto. Aprender es el proceso que lleva hasta él. Es organizar ideas, equivocarse, reformular, sostener una duda más tiempo del que nos gustaría. Ese bucle infinito del aprender...Es, en definitiva, pensar.
Y pensar cuesta.
Cuesta tiempo, energía y, sobre todo, tolerancia a la incomodidad. La inteligencia artificial ofrece justo lo contrario: inmediatez, limpieza, seguridad aparente. Un producto terminado sin atravesar el camino.
El problema, es que ese camino no es un trámite. Ese camino es el entrenamiento.
Desde la psicología cognitiva sabemos que las funciones ejecutivas —flexibilidad cognitiva, memoria de trabajo, control inhibitorio— se desarrollan precisamente a través de ese esfuerzo. No aparecen por exposición pasiva, ni por delegación. Se construyen haciendo. Entrenando. Sudando la camiseta.
Cuando ese hacer se externaliza de forma sistemática, lo que se pierde no es solo práctica. Se pierde capacidad.
Y esto tiene implicaciones que van más allá del aula.
Estamos empezando a ver textos cada vez más correctos… y personas cada vez menos entrenadas para sostener una idea propia, para argumentarla sin apoyos, para detectar incoherencias o matices. El resultado es paradójico: producciones formales de alto nivel con un pensamiento cada vez más superficial.
No es una cuestión de inteligencia. Es una cuestión de uso.
El cerebro funciona bajo una lógica básica: optimiza recursos. Si puede ahorrar esfuerzo, lo hará. Pero esa eficiencia tiene un coste cuando lo que se deja de hacer es precisamente lo que mantiene activa la capacidad de pensar.
No estamos, por tanto, ante un problema de fraude académico. Estamos ante un posible cambio en la forma en que entrenamos —o dejamos de entrenar— nuestras capacidades cognitivas. Estamos, ante una delegación cognitiva.
Y eso debería preocuparnos.
No porque la inteligencia artificial sea el enemigo, sino porque el riesgo no está en su existencia, sino en cómo la incorporamos. Usarla como apoyo puede ampliar nuestras capacidades. Usarla como sustituto (esa delegación cognitiva que hemos mencionado), puede erosionarlas.
La diferencia no es tecnológica. Es educativa.
Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos si el alumnado usa inteligencia artificial… y empezar a preguntarnos para qué la está usando.
Porque en esa respuesta no solo está en juego la evaluación.
Está en juego algo bastante más importante: la calidad del pensamiento que estamos ayudando a construir.

La sociedad no es homogénea, sino todo lo contrario: heterogénea en sus maneras de pensar, de aprender, de expresarse, en sus capacidades y sus percepciones. Eso es lo que le da su riqueza y versatilidad. En los últimos días (concretamente el pasado 2 de abril), con motivo del Día de la Sensibilización sobre el Autismo, se ha hablado mucho de diversidad. Y, sin embargo, quizá todavía necesitamos seguir reflexionando sobre lo que realmente significa. Porque cuando hablamos de diversidad no hablamos solo de aceptar diferencias visibles. Hablamos también de la neurodivergencia, de distintas formas de percibir, procesar y comprender el mundo. Durante mucho tiempo, se ha entendido que había una manera "correcta" de aprender, de relacionarse o de comunicarse. Todo lo que se alejaba de ese modelo se interpretaba como algo que había que corregir o ajustar. Sin embargo, cada vez somos más conscientes de que las diferencias neurológicas forman parte de la propia naturaleza humana. No son excepciones. Son parte de la diversidad. La neurodivergencia incluye múltiples formas de funcionamiento cognitivo: personas con autismo, TDAH, altas capacidades, dislexia, entre otras. Cada una de estas formas de procesar la realidad aporta perspectivas diferentes, maneras distintas de resolver problemas y formas originales de comprender el entorno. Y esa diferencia no resta. Al contrario, suma. La diversidad cognitiva enriquece los grupos, los equipos de trabajo y las comunidades. Aporta nuevas formas de pensar, de analizar situaciones y de encontrar soluciones. Las personas neurodivergentes, con frecuencia, ofrecen miradas alternativas que permiten cuestionar lo establecido, detectar detalles que otras personas no perciben o plantear enfoques innovadores. Esto ocurre en los equipos de trabajo, en el ámbito educativo, en los espacios comunitarios y también en el vecindario, en la vida cotidiana. Cuando la diversidad está presente y se respeta, las comunidades se vuelven más flexibles, más creativas y más humanas. Sin embargo, para que esto sea posible, es necesario un cambio de mirada. Pasar de la idea de "adaptar a la persona" a la idea de "adaptar los entornos". Comprender que la diversidad no es una excepción, sino una característica inherente al ser humano. Y aquí la educación juega un papel fundamental. La escuela es uno de los primeros espacios donde aprendemos a convivir con la diversidad. Cuando la educación incorpora esta mirada, no solo facilita el aprendizaje de todo el alumnado, sino que también contribuye a construir una sociedad más inclusiva. Una sociedad que entiende que las diferencias no son un problema, sino una oportunidad para aprender juntas. Respetar la neurodivergencia implica reconocer el valor de cada persona, comprender que existen múltiples formas de aprender y aceptar que la diversidad forma parte de lo humano. Implica, también, construir entornos educativos más flexibles, donde cada estudiante pueda desarrollarse desde sus fortalezas. Porque, en definitiva, la diversidad no es algo que debamos tolerar. Es algo que nos define. Y cuando la entendemos así, descubrimos que una sociedad diversa no solo es más justa, sino también más rica, más creativa y más preparada para afrontar los retos del futuro.

Desde que somos niñas, la curiosidad nos empuja a descubrir el mundo. Tocamos, preguntamos, desmontamos cosas para ver cómo funcionan (aunque luego no sepamos volver a armarlas). Pero algo pasa con los años y, de repente, nos encontramos en una rutina en la que aprender parece más una obligación que un placer. Pues no. Aprender no debería ser un trámite. La curiosidad es lo que convierte el aprendizaje en algo emocionante, en una aventura en la que nos metemos porque queremos, no porque nos lo exijan. Y lo mejor es que no tiene fecha de caducidad: si la alimentamos bien, nos acompaña toda la vida. ¿Por qué es tan importante la curiosidad? Porque es la gasolina del aprendizaje. Cuando algo nos intriga, nos lanzamos a investigar sin que nadie nos obligue. Queremos saber más, entender mejor, conectar ideas. Es lo que nos hace leer un artículo entero sin mirar el móvil, ver documentales sin pestañear o incluso meternos en cursos solo por el placer de descubrir algo nuevo. Además, en un mundo que cambia a toda velocidad, vivimos en una continua montaña rusa y la curiosidad nos ayuda a adaptarnos a esos entornos VICA (o VUCA), pero eso es para otro artículo.... Si estamos siempre abiertas a aprender, los cambios no nos pillan desprevenidas. Nos atrevemos con nuevos retos, nos reciclamos y hasta nos sorprendemos a nosotras mismas con lo que somos capaces de hacer. Pero... ¿Cómo mantenerla viva? Porque, a veces, la rutina nos apaga un poco esa chispa... Pero hay algunos trucos para mantenerla encendida: Hazte preguntas todo el tiempo. No des nada por hecho. ¿Por qué funciona así? ¿Cómo lo haría yo de otra manera? Sal de tu comodidad. Lee sobre temas que nunca te han interesado, habla con gente diferente, prueba actividades nuevas. Permítete aprender por placer. No hace falta que todo tenga un propósito práctico. A veces, simplemente disfrutar del proceso ya es suficiente. Rodéate de personas curiosas, porque la curiosidad es contagiosa. Si estás con gente que se hace preguntas y busca respuestas, acabarás haciendo lo mismo. Ahora bien... la curiosidad y educación frecuentemente tienen una relación complicada. El sistema educativo no siempre sabe cómo manejar la curiosidad. Muchas veces, la mata o la aplasta con contenidos rígidos, exámenes memorísticos y respuestas cerradas. Pero hay maneras de devolverle la vida: aprender a través de proyectos, dejar espacio a la experimentación y dar valor a las preguntas en lugar de solo a las respuestas. Experimentar... sentir... indagar... esa es la clave. Y esto no es solo cosa de colegios o universidades. Si trabajas con personas, si eres madre, tía, amiga o simplemente compartes espacio con otras mujeres, puedes ayudar a despertar la curiosidad a tu alrededor. Porque cuando alguien empieza a cuestionarse cosas, a mirar el mundo con ojos nuevos, el aprendizaje se vuelve imparable. Despertemos la sororidad curiosa... Y es que, la curiosidad no es solo cosa de niñas. Es la herramienta más potente que tenemos para aprender de verdad, sin imposiciones ni presiones. Pues ya lo sabes: pregunta, explora, atrévete a no saberlo todo y disfruta del viaje. Aprender es la llave que abre todas las puertas.

Me apasiona leer sobre evolución humana. Cada vez que aprendo algo nuevo sobre nuestra evolución, obtengo más respuestas sobre cuestiones que tenía en reposo... Me aporta mucho sobre nuestra manera de aprender. En la edición de coleccionista de Muy Interesante, sobre el origen de la humanidad, leo con avidez todos sus artículos y, entre ellos, hay uno que me hace cuestionarme muchas más cosas de las que me responde... Y es el artículo de Roberto Saez (autor del blog Nutcracker Man y del libro Evolución Humana. Prehistoria y origen de la compasión): Tecnología punta en la Edad de Piedra. En él, habla de cómo se tuvieron que dar dos evoluciones diferentes y a la par para poder desarrollar herramientas: la evolución del cerebro y la evolución de la anatomía de la mano. Nuestra querida Lucy, la primera ejemplar de Australopitecus, caminaba de forma bípeda pero se observaba que todavía pasaba mucho tiempo en los árboles. Sus manos estaban preparadas para agarrarse a las ramas pero no para confeccionar herramientas. De eso, solo hace 3 millones de años. Ya por entonces, hay indicios de que utilizábamos algunos instrumentos para recoger insectos o tubérculos. Así lo hacen también los chimpancés o los gorilas. Sin embargo, hace unos dos millones de años, empezamos a desarrollar la tecnología suficiente para crear nuestras propias herramientas e ir perfeccionándolas en un proceso de ensayo-error, tal y como ahora hacemos. Nuestros brazos y manos, sufrieron algunos cambios, no demasiado bruscos en apariencia pero sí fundamentales para dotar de más potencia y habilidad a nuestras extremidades superiores: determinados tendones, músculos y la manera de insertarse hicieron este trabajo. La disposición del pulgar fue determinante para transformar nuestras manos de arcos sujetadores de ramas a pinzas de precisión con las que fabricar las herramientas necesarias para cada contexto y actividad. Fabricar una herramienta no es solo una actividad física, sino que dicha herramienta pasa antes por nuestra mente. Imaginamos qué necesitamos, le damos una imagen y realizamos una abstracción para proyectar esa necesidad en un material y cómo transformarlo. Es un verdadero milagro cognitivo. En este proceso, si hay algo que revolucionó aún más su evolución fue el aprendizaje de habilidades sociales: compartir las dudas, los progresos, las necesidades y los resultados. Eso nos permitió evolucionar. No olvidemos que somos gregarios. Hemos evolucionado gracias a que vivimos en grupo. Pero no solo unos al lado de otros, sino en convivencia: compartiendo. Por lo que fue primero la anatomía, posteriormente la cognición y después nuestra capacidad de relación lo disparó y lo perfeccionó. Por ello, es importante seguir introduciendo los aprendizajes en grupo. Es importante en la escuela desarrollar los aprendizajes cooperativos y en el trabajo la labor interdisciplinar. Lo llevamos insertado en nuestra genética más ancestral.

Sin embargo, una de las cosas que más encontramos es aquello de escurrir el bulto. Pocas personas dan un paso hacia adelante para responsabilizarse de las acciones. Asumir el peso de la responsabilidad de la acción. Sea cual sea su efecto. Porque ser responsable es sostener nuestras decisiones pero claro, para ello, primero hemos de ser conscientes de ellas. Saber qué decidimos y por qué. En la vida, podemos ir siguiendo dos caminos: ir hacia donde queremos ir o ir huyendo o esquivando donde no queremos ir. Ambos caminos, requieren de decisiones conscientes y meditadas. Puede ser que la primera nos exija un mayor nivel de reflexión, anticipación y planificación pero ambas son válidas. Yo misma, he ido muchos años esquivando aquellos sitios, situaciones y personas que no quería en mi vida; para después, con más madurez y herramientas, dilucidar hacia dónde quiero ir y poner manos a la obra. Lo que me cuesta más entender son aquellas decisiones no conscientes, la mayoría fruto del no hacer. Y eso, el no hacer, también es hacer, solo que, ni hemos decidido ni nos hemos comprometido con sus consecuencias. Este último caso, es muy frecuente. O yo al menos, lo encuentro con demasiada frecuencia. Personas que en su trabajo toman decisiones en las que no miden sus consecuencias; es más, ni las han estudiado ni prevén. Decisiones que afectan a personas y sus vidas y les es indiferente... no ven el efecto de cada acción que realizamos. No digo que vayamos aterrados por la vida ante el pensamiento de que todo aquello que hago va a cambiar el devenir del mundo pero.... si al menos medir que sí hay consecuencias en aquello que hago. Este medir las consecuencias, tiene también mucho que ver con el respeto. Respetar al otro, su vida, o la porción de vida que quedó en mis manos... Y eso, es aún mucho más importante para aquellas personas que trabajamos directamente con personas. Mi lenguaje, mi dedicación, el cariño con el que hago las cosas, repercute en el otro. Si soy consciente de ello, aunque después haya de tomar una decisión dura, lo haré midiendo su impacto. Eso, tan simple... puede cambiar el mundo. Igual, las personas educadoras deberíamos plantear situaciones de aprendizaje críticas, donde se analicen las consecuencias de aquello que decidimos, donde midamos los impactos y, donde antes de decidir, valoremos qué ocurrirá con la persona o las personas a las que les afecte mi decisión y después, responsabilizarse y sostener aquello que decidí. Toda una revolución. Yo voy a sumarme a ella... ¿y tu?

No me considero mejor ni peor que nadie... Sé que lo que me pasa a mí, le pasa a muchas más personas... Por lo que solo voy a hablar desde mi experiencia... desde mi sentir... Estoy viviendo un proceso largo de salud, derivado de un accidente que empeoró mi situación de discapacidad. Me he visto envuelta en idas y venidas porque el sistema no ha protegido mi estado de salud. Y ese proceso se ha ido convirtiendo en una losa difícil de sobrellevar por lo que, al proceso de salud complejo de por sí, se le suma el sostén emocional para poder seguir avanzando. Ahora mismo, ese proceso de gestión emocional, está siendo más importante que el proceso explícito de salud porque es el que ayuda a la gestión del dolor, al proceso de recuperación física y al de aceptación de situaciones sobrevenidas. Y es que, aceptar que pasas a necesitar ayuda en más de la mitad de las actividades de tu vida diaria, requiere de un proceso emocional complejo. Vives en un duelo continuo de las pequeñas cosas. Aquellas en las que te reconocías: salir a caminar sin rumbo fijo y sin pensar que después debías volver (y necesitas guardar energías), recoger cosas del suelo, ir a la compra lo que se suele decir en un momento (aunque sea de una docena de huevos que olvidaste), a veces vestirte, entrar a un baño porque el adaptado está cerrado o, directamente no existe, entrar a una tienda que mantiene escalones a la entrada o que está llena de obstáculos... Tantas pequeñas cosas... Tu lista de actividades (y lo que es peor, tu lista de actividades placenteras) se reduce y, aunque sabes que encontrarás otras, el proceso de reconstituirte en consumidora de otro tipo de actividades, te hace pasar por un período de duelo. A veces, simplemente mirar una fotografía en la que te descubres haciendo cosas que ya no puedes (y posiblemente no podrás) hacer, te genera una tristeza inmensa. En mi caso, viajar o pasear por la montaña... Verme haciendo rutas (aunque eran muy sencillas) con mis bastones, con esa cara de felicidad al estar en contacto con la naturaleza, hace que me rueden lágrimas sin poder evitarlo. Y es verdad que aunque mi capacidad de adaptación ha hecho que genere otro tipo de actividades, la nostalgia a veces te saca punzadas en el corazón. Por eso, es importante para mí realizar actividades de acción solidaria. Entregar mi tiempo a determinadas causas me ayuda. Me proyecta a estados de calma en medio de la tormenta. Aun así, cuando un nuevo golpe (médico o administrativo) te sacude, parece inevitable el pensamiento de "no puedo más" . Las fuerzas te fallan y un cansancio extremo se apodera de tu mente. Es como vivir transportando un saco de piedras de manera constante. Una tentación de rendición planea sobre tu coronilla desde el amanecer. Y esa gestión emocional (que no control...) es la que sostiene. Y la imagen que me viene a la mente para el sostén no es la de unos ganchos, sino es la de una madre que arrulla y contiene contra su pecho el latido enfurecido de su bebé... En ese arrullo... en ese mecer de amor es donde me imagino. En un cuidado de mi dolor; de mi cansancio. Me sostengo, me mezo y tomo mi circunstancia en mí. Desde esa imagen y desde esa sensación... me dejo querer. Por ese grupo de amigas y amigos que te preparan cenas, te llevan compra, te llaman por teléfono y no te preguntan cómo estás porque ya lo saben. Simplemente se quedan a tu lado acompañándote.... Acompasando ese arrullo emocional que hace que se calmen las heridas, el dolor, el cansancio y encuentres razones y emociones que te dejen nuevamente al pie de la línea de salida o de continuación. Sea hacia donde sea...







































































































