Cuando las cosas no salen como esperabas
Maria Dolors Miquel Abril • 21 de agosto de 2021
Esa realidad caprichosa y cambiante...

Cuando en nuestra cabeza empezamos a imaginar algo que haremos.... se conforma como un maravilloso proyecto. Quienes somos de naturaleza emprendedora, solemos tomar papel y lápiz (o tablet u ordenador) y escribimos aquello que estamos proyectando. Hay quien lo mantiene en su cabeza y le da vueltas y vueltas... y en su cabeza toma forma. A cada persona, le funciona de una manera o de otra... aunque, por regla general, cuando proyectas la información que tienes en la cabeza, es más fácil que cobre realidad. Aunque eso.... eso es otro asunto.
Ocurre que, en la vida, las circunstancias son caprichosas y cambiantes y, no todas se mantienen bajo nuestro control. Por eso, a veces (la mayoría), nuestro proyecto empieza a no salir como habíamos planeado.
En un primer momento o una primera reacción, es la del duelo. Nos despedimos de aquello que habíamos creado en nuestra cabeza y sobre lo que ya sentíamos emociones diversas... Después, dependiendo de nuestra capacidad de resiliencia... analizamos los restos y el proceso del naufragio: ¿qué fue diferente a lo que esperábamos? ¿es retornable su estado? ¿podemos reestructurar de acuerdo a las nuevas condiciones? ¿está en nuestras manos cambiarlo? ¿es alcanzable o debemos redefinir nuestro proyecto? Yo... soy muy kaizen (esto también sería otro asunto....) así es que suelo partir el "pastel" en pedazos muy pequeñitos... y después, los tomo uno por uno y me ocupo de ellos. En lo que sí pongo mucho interés es en NO PREOCUPARME. Es decir, no darle vueltas y vueltas sin más, avanzando hacia un futuro del que nada conozco, sin poner opciones o alternativas. Analizo, observo, comparo y tomo pequeñas decisiones y vuelvo a dibujar aquello que quiero.
Posiblemente, aquel primer proyecto que creé en mi cabeza, no tiene nada que ver con el que esoy llevando a mi realidad. Lo que sí que tengo claro es que está adecuado a ella. Y eso... eso me hace sentirme viva y en camino.

Corregir siempre ha tenido algo de detective. Quien se dedica a la docencia sabe que, más allá de poner una nota, hay una lectura entre líneas: reconocer estilos, detectar dudas, identificar cuándo algo no encaja. Pero en los últimos meses, esa sensación se ha intensificado. Lees trabajos impecables. Estructuras perfectas. Vocabulario preciso. Argumentaciones aparentemente sólidas. Y, sin embargo, algo falla. No es un error concreto. Es una ausencia. Falta fricción. Falta duda. Falta ese pequeño desorden que deja el pensamiento cuando está en proceso. Entonces lo sabes. No porque la inteligencia artificial esté mal utilizada, sino porque ha dejado de ser una herramienta para convertirse en sustituto. Y ahí es donde empieza el verdadero problema. No se trata de un debate moral sobre copiar o no copiar. Ese marco se queda corto. Tampoco se trata de demonizar la tecnología. La inteligencia artificial es, sin duda, una herramienta poderosa y negarlo sería tan inútil como pedir que desaparezca. La cuestión es otra. Más incómoda. Más profunda. ¿Qué ocurre cuando dejamos de hacer el esfuerzo cognitivo que implica aprender? Porque aprender no es entregar un resultado correcto. Aprender es el proceso que lleva hasta él. Es organizar ideas, equivocarse, reformular, sostener una duda más tiempo del que nos gustaría. Ese bucle infinito del aprender...Es, en definitiva, pensar. Y pensar cuesta. Cuesta tiempo, energía y, sobre todo, tolerancia a la incomodidad. La inteligencia artificial ofrece justo lo contrario: inmediatez, limpieza, seguridad aparente. Un producto terminado sin atravesar el camino. El problema, es que ese camino no es un trámite. Ese camino es el entrenamiento. Desde la psicología cognitiva sabemos que las funciones ejecutivas —flexibilidad cognitiva, memoria de trabajo, control inhibitorio— se desarrollan precisamente a través de ese esfuerzo. No aparecen por exposición pasiva, ni por delegación. Se construyen haciendo. Entrenando. Sudando la camiseta. Cuando ese hacer se externaliza de forma sistemática, lo que se pierde no es solo práctica. Se pierde capacidad. Y esto tiene implicaciones que van más allá del aula. Estamos empezando a ver textos cada vez más correctos… y personas cada vez menos entrenadas para sostener una idea propia, para argumentarla sin apoyos, para detectar incoherencias o matices. El resultado es paradójico: producciones formales de alto nivel con un pensamiento cada vez más superficial. No es una cuestión de inteligencia. Es una cuestión de uso. El cerebro funciona bajo una lógica básica: optimiza recursos. Si puede ahorrar esfuerzo, lo hará. Pero esa eficiencia tiene un coste cuando lo que se deja de hacer es precisamente lo que mantiene activa la capacidad de pensar. No estamos, por tanto, ante un problema de fraude académico. Estamos ante un posible cambio en la forma en que entrenamos —o dejamos de entrenar— nuestras capacidades cognitivas. Estamos, ante una delegación cognitiva. Y eso debería preocuparnos. No porque la inteligencia artificial sea el enemigo, sino porque el riesgo no está en su existencia, sino en cómo la incorporamos. Usarla como apoyo puede ampliar nuestras capacidades. Usarla como sustituto (esa delegación cognitiva que hemos mencionado), puede erosionarlas. La diferencia no es tecnológica. Es educativa. Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos si el alumnado usa inteligencia artificial… y empezar a preguntarnos para qué la está usando. Porque en esa respuesta no solo está en juego la evaluación. Está en juego algo bastante más importante: la calidad del pensamiento que estamos ayudando a construir.

La sociedad no es homogénea, sino todo lo contrario: heterogénea en sus maneras de pensar, de aprender, de expresarse, en sus capacidades y sus percepciones. Eso es lo que le da su riqueza y versatilidad. En los últimos días (concretamente el pasado 2 de abril), con motivo del Día de la Sensibilización sobre el Autismo, se ha hablado mucho de diversidad. Y, sin embargo, quizá todavía necesitamos seguir reflexionando sobre lo que realmente significa. Porque cuando hablamos de diversidad no hablamos solo de aceptar diferencias visibles. Hablamos también de la neurodivergencia, de distintas formas de percibir, procesar y comprender el mundo. Durante mucho tiempo, se ha entendido que había una manera "correcta" de aprender, de relacionarse o de comunicarse. Todo lo que se alejaba de ese modelo se interpretaba como algo que había que corregir o ajustar. Sin embargo, cada vez somos más conscientes de que las diferencias neurológicas forman parte de la propia naturaleza humana. No son excepciones. Son parte de la diversidad. La neurodivergencia incluye múltiples formas de funcionamiento cognitivo: personas con autismo, TDAH, altas capacidades, dislexia, entre otras. Cada una de estas formas de procesar la realidad aporta perspectivas diferentes, maneras distintas de resolver problemas y formas originales de comprender el entorno. Y esa diferencia no resta. Al contrario, suma. La diversidad cognitiva enriquece los grupos, los equipos de trabajo y las comunidades. Aporta nuevas formas de pensar, de analizar situaciones y de encontrar soluciones. Las personas neurodivergentes, con frecuencia, ofrecen miradas alternativas que permiten cuestionar lo establecido, detectar detalles que otras personas no perciben o plantear enfoques innovadores. Esto ocurre en los equipos de trabajo, en el ámbito educativo, en los espacios comunitarios y también en el vecindario, en la vida cotidiana. Cuando la diversidad está presente y se respeta, las comunidades se vuelven más flexibles, más creativas y más humanas. Sin embargo, para que esto sea posible, es necesario un cambio de mirada. Pasar de la idea de "adaptar a la persona" a la idea de "adaptar los entornos". Comprender que la diversidad no es una excepción, sino una característica inherente al ser humano. Y aquí la educación juega un papel fundamental. La escuela es uno de los primeros espacios donde aprendemos a convivir con la diversidad. Cuando la educación incorpora esta mirada, no solo facilita el aprendizaje de todo el alumnado, sino que también contribuye a construir una sociedad más inclusiva. Una sociedad que entiende que las diferencias no son un problema, sino una oportunidad para aprender juntas. Respetar la neurodivergencia implica reconocer el valor de cada persona, comprender que existen múltiples formas de aprender y aceptar que la diversidad forma parte de lo humano. Implica, también, construir entornos educativos más flexibles, donde cada estudiante pueda desarrollarse desde sus fortalezas. Porque, en definitiva, la diversidad no es algo que debamos tolerar. Es algo que nos define. Y cuando la entendemos así, descubrimos que una sociedad diversa no solo es más justa, sino también más rica, más creativa y más preparada para afrontar los retos del futuro.










































































































