Dar recursos y poner límites
Ser niña (o niño), ¿significa vivir gritando?
Hace unos días estaba sentada en la terraza de una cafetería. En la mesa de al lado, una familia disfrutaba de la tarde. O, al menos, algunos lo intentaban. Dos niños corrían entre las mesas, gritaban, se perseguían y esquivaban a los camareros mientras los adultos continuaban conversando con aparente tranquilidad. Nadie les dijo que bajaran la voz. Nadie les recordó que aquel espacio también pertenecía a las demás personas.
Y, entre el enfado y el estupor, me hice una pregunta: ¿ser niña o niño significa vivir gritando?
Creo que no.
Es más, me encanta que haya niñas y niños cerca. Me gusta escuchar sus risas en un parque, ver su curiosidad infinita, esa capacidad para sorprenderse por las cosas más sencillas y esa energía que parece inagotable. La infancia aporta vida a una sociedad. Aporta frescura, espontaneidad, creatividad y esperanza.
Pero una sociedad viva no es lo mismo que una sociedad ruidosa. Y una infancia feliz no necesita crecer en el caos.
Con demasiada frecuencia hemos confundido dos conceptos que no significan lo mismo: permitir y educar.
Educar no consiste en dejar hacer. Consiste en acompañar. En ofrecer recursos para desenvolverse en la vida y, al mismo tiempo, poner límites. Porque los límites no son el enemigo de la libertad. Son precisamente los que permiten que la libertad de unos pueda convivir con la de los demás.
Una niño o un niño no nace sabiendo esperar su turno. Tampoco sabiendo controlar el volumen de su voz, tolerar una frustración, respetar el descanso ajeno o comprender que no todos los espacios son un patio de recreo. Todo eso se aprende. Y se aprende porque hay personas adultas que acompañan, explican, corrigen y, cuando hace falta, dicen un "no" que también educa.
Durante algún tiempo hemos escuchado que poner límites puede coartar la creatividad o la autoestima. Sin embargo, la investigación sobre el desarrollo infantil nos dice justamente lo contrario. Los límites coherentes y afectuosos proporcionan seguridad, favorecen el desarrollo del autocontrol, fortalecen las funciones ejecutivas y ayudan a construir una convivencia respetuosa. No son una barrera para crecer. Son uno de los andamios sobre los que se construye el desarrollo.
Quizá por eso me preocupa cuando observo que algunas personas adultas renuncian a intervenir. No porque una niña o un niño grite —eso forma parte de la infancia— sino porque parece que hemos dejado de enseñar cuándo es el momento de correr y cuándo es el momento de caminar; cuándo podemos levantar la voz y cuándo otras personas tienen derecho al silencio.
Al fin y al cabo, convivir consiste precisamente en eso: comprender que compartimos el espacio con otras personas. No es una idea nueva. En 1996, Jacques Delors, en el informe de la UNESCO La educación encierra un tesoro, ya defendía que la educación debía preparar a las personas para aprender durante toda la vida. Para ello propuso cuatro grandes pilares: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a vivir juntos. Quizá este último sea el que mejor resume la esencia de esta reflexión. Porque aprender a convivir implica comprender que compartimos los espacios, que nuestros derechos terminan donde empiezan los de los demás y que la libertad solo tiene sentido cuando se ejerce con respeto hacia quienes nos rodean.
La familia suele poner esos primeros límites con paciencia, cariño y muchas dosis de amor. Después llega la vida. Y la vida ya no educa con tanta delicadeza.
La Dirección General de Tráfico no entiende que alguien se salte un semáforo porque nunca aprendió a controlar sus impulsos. La Agencia Tributaria tampoco acepta que olvidemos nuestras obligaciones porque nos resulta aburrido cumplirlas. Un contrato de trabajo no se mantiene solo porque una persona sea muy creativa y nunca aprendió a respetar horarios, normas o compromisos.
Quizá por eso educar sea uno de los mayores actos de amor que existen. Porque cada límite que enseñamos hoy evita un problema mañana. Porque cada norma interiorizada es una herramienta para vivir con otras personas. Porque cada pequeño "no" pronunciado con afecto prepara para un mundo que no siempre responderá con la misma delicadeza. Porque desde hace miles de años, somos gregarios y hemos llegado hasta aquí en nuestra evolución gracias a eso. Y tener tribu implica normas de convivencia, de respeto, de regulación...
No se trata de criar una infancia silenciosa, inmóvil o excesivamente obediente. Se trata de criar personas capaces de disfrutar, de jugar, de expresarse... y también de amar y convivir en el respeto.
Porque una sociedad necesita las risas de sus niñas y de sus niños.
Pero también necesita que aprendan que el mundo nunca les pertenece solo a ellas (o a ellos).












































































































