Las palabras abrazan (pero también golpean)
Hablemos de dejar huella

¿Recuerdas alguna frase que alguien te dijo hace años y que todavía eres capaz de repetir palabra por palabra? No una conversación entera. No un discurso memorable. Una frase. Casi, una sentencia.
"Confío en ti."
"Tú puedes hacerlo."
"No esperaba menos de ti."
O justo lo contrario.
"Nunca llegarás a nada."
"Eres un desastre."
"Eres una desgraciada, una fracasada y no tienes donde caerte muerta”. Esta es buena, ¿eh? Me la dijeron hace 30 años y a veces resuena como una campana en mi cabeza. Por fortuna, cada vez menos.
Lo curioso es que muchas veces no recordamos qué desayunamos ayer, pero somos capaces de reproducir con precisión quirúrgica palabras que escuchamos hace veinte o treinta años.
Y eso debería hacernos reflexionar.
Porque las palabras tienen una capacidad extraordinaria para quedarse a vivir dentro de las personas.
Quienes trabajamos con otras personas, ya sea desde la educación, la intervención social, la familia o cualquier ámbito de liderazgo, solemos (o debemos) ser muy conscientes del poder de nuestras acciones (esto ya fue objeto de una publicación anterior). Sin embargo, a veces olvidamos el peso que tienen nuestras palabras. Quizá porque no dejan marcas visibles. No aparecen en una radiografía. No requieren puntos de sutura.
Dejan huella. Como aquellas pisadas que una persona adulta y un niño dejaron sobre el barro hace más de 20.000 años en White Sands. Hoy sabemos que existieron, que caminaron juntos y hasta podemos reconstruir parte de su recorrido. Todo gracias a unas huellas que el tiempo decidió conservar. Pues así, porque las palabras dejan huellas parecidas.
Hace mucho tiempo, escuché una historia que probablemente conozcas. Un niño tenía muy mal carácter y su padre le propuso que cada vez que perdiera los nervios clavara un clavo en una valla. Los primeros días la madera acabó pareciendo un erizo. Poco a poco, el niño aprendió a regularse y llegó el momento en que ya no clavaba ninguno. Entonces el padre le pidió que obrara al revés: cada vez que sintiera que iba a perder los nervios y consiguiera regularse, retirara un clavo. Pronto no quedó ni uno. Cuando terminó, observó orgulloso la valla. “Ya no queda ninguno “, dijo. “Es verdad”, respondió su padre. Pero mira los agujeros.
Las palabras funcionan muchas veces así.
Podemos pedir perdón. Podemos rectificar. Podemos intentar reparar el daño. Y debemos hacerlo cuando nos equivocamos. Pero algunas palabras dejan pequeñas marcas que permanecen mucho tiempo después de haber sido pronunciadas.
Algo parecido ocurre con la metáfora del papel arrugado. Puedes alisarlo con paciencia. Incluso dejarlo casi perfecto. Pero nunca volverá a ser exactamente igual que antes.
Por eso me preocupa especialmente la ligereza con la que, a veces, etiquetamos a las personas.
No es lo mismo decir:
"Has cometido un error" que decir: "Eres un error"
No es lo mismo decir:
"Esta tarea necesita mejorar" que decir: "No sabes nada de esto"
No es lo mismo corregir una conducta que definir a una persona por esa conducta. Y eso es algo que debe recordarse siempre, pero especialmente cuando lideras equipos o trabajas con personas.
Y aquí aparece algo fascinante que la psicología lleva décadas estudiando: el efecto Pigmalión. En pocas palabras, las expectativas que proyectamos sobre otras personas pueden acabar influyendo en su comportamiento y en su rendimiento. Cuando una persona percibe que confiamos en ella, que creemos en sus posibilidades y que esperamos cosas buenas, aumenta la probabilidad de que actúe en consecuencia. Y cuando transmitimos justo lo contrario, también.
Las palabras no son magia. Pero ayudan a construir la forma en que las personas se miran a sí mismas y también cómo creen que las ven los demás. Por eso resulta tan importante elegirlas bien.
No se trata de vivir instalados en el elogio permanente ni de convertir cualquier conversación en una colección de frases motivacionales para tazas de desayuno. Se trata de algo mucho más sencillo: ser conscientes de que nuestras palabras pueden convertirse en una escalera o en una piedra en el camino o en el zapato de alguien.
Quizá por eso conviene preguntarnos de vez en cuando qué tipo de huella estamos dejando. Y, lo que es mejor, qué tipo de huella queremos dejar en los demás.
Porque es posible que hayamos olvidado muchas de las cosas que dijimos esta semana. Pero también es posible que alguien las recuerde durante toda su vida.
Mejor que la impronta que dejemos sea para bien.












































































































