La vida que habitamos
Que no sea "vivo sin vivir en mí"...

Vivimos como si todo fuera a permanecer.
Como si siempre hubiera tiempo para esa llamada pendiente, para ese abrazo que dejamos para otro día, para ese café que llevamos meses posponiendo o para esas palabras que pensamos que ya diremos más adelante.
Sin embargo, la vida tiene la costumbre de recordarnos que nada permanece para siempre.
A lo largo de nuestra existencia acumulamos pérdidas. Algunas llegan de forma inesperada y nos golpean con fuerza. Otras se instalan poco a poco, casi en silencio. Perdemos personas a las que queremos, lugares que formaron parte de nuestra historia, etapas que creíamos permanentes y, en ocasiones, incluso partes de nosotros mismos.
Aunque solemos asociar el duelo a la muerte, la realidad es mucho más amplia. También existe duelo cuando una amistad se rompe, cuando un proyecto termina, cuando la salud cambia o cuando la vida nos obliga a despedirnos de aquello que imaginábamos para nuestro futuro.
Nadie nos enseña a convivir con estas pérdidas. Quizá por eso intentamos evitarlas, distraernos o seguir adelante lo más rápido posible. Sin embargo, el duelo no es una enfermedad que haya que curar. Es el reflejo del amor, de los vínculos que hemos construido y del significado que determinadas personas, lugares o experiencias han tenido en nuestra vida.
Con el tiempo he comprendido que las pérdidas, por dolorosas que sean, también nos dejan una enseñanza. Nos recuerdan que el tiempo es limitado y que la vida sucede ahora.
Y precisamente esa es la razón por la que cada instante tiene valor.
Por eso, detente a contemplar ese paisaje que tanto te fascina. Toma la mano de quien estuvo a tu lado en aquel momento difícil o en ese instante tan especial. Hazte fotografías con las personas que amas. Diles que las quieres, que son importantes para ti y que su presencia hace que tu vida cambie. Abraza sin prisa. Da las gracias. Pide perdón cuando sea necesario. Ríe. Comparte. Vive.
Que no se quede nada importante en el tintero.
No podemos evitar las pérdidas. Forman parte de la experiencia humana. Pero sí podemos decidir cómo vivimos aquello que todavía permanece a nuestro lado.
Quizá esa sea una de las lecciones más valiosas que nos deja el duelo: comprender que la vida la habitamos solo durante un tiempo.
Mientras estemos aquí, procuremos dejar en ella nuestra mejor semilla. Que nuestro paso por este mundo deje un poco más de amor, un poco más de esperanza, un poco más de humanidad. Porque, cuando ya no estemos, no serán las prisas ni las preocupaciones las que permanezcan. Permanecerá la huella que dejamos en el corazón de quienes caminaron a nuestro lado.












































































































