El agotamiento invisible de pensar demasiado
Cuando la cabeza te pide parar...

Reuniones, correcciones de trabajos en los que la corrección de quien escribe ha brillado por su ausencia, preparar clases, hacer presupuestos, los pagos en la cuenta, qué hago de comer mañana (gran dilema existencial que da para otra publicación…), estudiar, preparar actualizaciones para el máster, citas en el despacho, proyectos para entregar con fecha en rojo en la agenda… la cabeza funcionando al 200% durante todo el día y a lo largo de la semana.
Llega el viernes y la imagen de la cabeza en la almohada es casi una representación real del descanso. Yo, a veces, me la imagino sumergida en hielo. Como si al meterla saliera humo y sonara el “psssch” típico de cuando pones una sartén recién salida del fuego bajo el grifo.
Y es que… qué difícil es conseguir el descanso mental después de tanta intensidad.
Porque ese cansancio mental no se supera estirándote en el sofá con los pies en alto delante de series insulsas. Realmente, lo que necesitas es parar la locomotora que tienes en la cabeza. El off mental. Colgar el cartel de “no hay nadie en casa”. Cerrar pestañas del ordenador y apagarlo. No bajar la tapa.
Y ahora bien… eso ¿cómo narices se consigue?
Porque el problema es que el cerebro nunca para realmente. Incluso cuando creemos que estamos descansando, sigue trabajando. Recibe estímulos, los procesa, anticipa, recuerda conversaciones absurdas de hace tres días y, si te descuidas, te despierta a las tres de la mañana para preguntarte si respondiste aquel correo.
De hecho, existe algo llamado red neuronal por defecto. El nombre parece el de una configuración de fábrica del móvil, pero básicamente es una red cerebral que se activa precisamente cuando “no estamos haciendo nada”. O mejor dicho: cuando parece que no estamos haciendo nada.
Es la responsable de que la cabeza se vaya sola a pensamientos, recuerdos, preocupaciones, planes, conversaciones imaginarias y listas mentales de tareas mientras tú intentas descansar tranquilamente en el sofá.
Y no, eso no es necesariamente malo. Esa red tiene funciones importantes relacionadas con la reflexión, la creatividad, la memoria autobiográfica o la planificación. El problema aparece cuando cuesta muchísimo “desenganchar” el cerebro de ese estado.
Tanto es así que algunas investigaciones relacionan alteraciones en esta red con perfiles como el TDAH o el llamado Síndrome de Desconexión Cognitiva. Personas con una cabeza especialmente “locomotora”. De esas que saltan de pensamiento en pensamiento, que viven medio segundo en el presente y tres conversaciones por delante en su mente.
Porque hay locomotoras mentales rápidas y ruidosas. Pero también las hay lentas, difusas y permanentemente “en otro sitio”. Y ambas pueden hacer agotador algo que desde fuera parece tan sencillo como descansar.
Por eso es importante encontrar nuestra propia manera de parar la locomotora.
Puede ser mediante actividades físicas: correr, jugar al pádel, nadar… pero también yoga o incluso hacer limpieza de armarios. Sí, hay personas que vacían cajones y salen con el cerebro ventilado.
Darle actividad al cuerpo y a la mente, pero actividad sin peso cognitivo. Leer. Tomarse algo con nuestras mejores amistades. Visitar personas queridas. O ir a perderse haciendo un recorrido turístico por pueblos de alrededor.
Cada persona tiene una forma distinta de bajar revoluciones y es bueno descubrirla, probarla y explorarla.
En mi caso, es la música (crear, interpretar, cantar); también las artes: dibujar, pintar, escribir, pero también la naturaleza: pasear, observarla con el telescopio terrestre, imbuirme en ella. Renovarse un poco por dentro y por fuera.
Pero creo que el error está en esperar siempre a las vacaciones para intentar recuperar la calma mental. Como si solo mereciéramos descansar cuando el cuerpo y la cabeza ya han llegado al límite.
Quizá la clave esté más en hacerlo de manera cíclica. Cada semana. Cada mes. Buscar pequeños momentos donde bajar ruido, aunque la vida siga girando igual de rápido fuera.
Escuchar lo que necesitan el cuerpo y la mente es, probablemente, una de las mejores formas de aprender a sobrevivir.












































































































