Cuando lo excepcional debería ser la norma
Maria Dolors Miquel Abril • 24 de abril de 2026
La mediocridad como parte del sistema

Vivimos en una época en la que lo cotidiano parece haber perdido valor. Lo que antes se consideraba parte de la normalidad, hoy se percibe como algo extraordinario: que alguien escuche con atención, que un profesional haga bien su trabajo, que una persona se esfuerce, que un estudiante muestre interés… cada vez más, estas conductas se celebran como si fueran excepcionales.
Sin embargo, quizá lo que está ocurriendo no es que estas actitudes sean extraordinarias, sino que nos estamos acostumbrando a la mediocridad.
La inmediatez, la velocidad y la constante necesidad de resultados rápidos han ido modificando nuestras expectativas. Vivimos en una cultura donde lo urgente desplaza a lo importante, donde el impacto inmediato parece tener más valor que el trabajo sostenido y donde la profundidad se sustituye, en muchas ocasiones, por la superficialidad.
En este contexto, el esfuerzo parece perder protagonismo. La constancia resulta menos visible y el compromiso a largo plazo se vuelve cada vez más difícil de sostener. No porque las personas no tengan capacidad, sino porque el entorno favorece la rapidez frente a la reflexión, la inmediatez frente al proceso y el resultado inmediato frente al crecimiento progresivo.
Y esta realidad se percibe claramente en el día a día. En el ámbito educativo, por ejemplo, cada vez es más frecuente encontrar alumnado que realiza actividades con la intención de cumplir, de salir del paso, pero que, aun así, espera obtener calificaciones elevadas. No se trata de falta de capacidad, sino, en muchos casos, de una cultura que ha ido rebajando las expectativas y que ha normalizado el mínimo esfuerzo.
Pero no es algo que afecte únicamente al alumnado. También el profesorado, en ocasiones, se ve arrastrado por esta dinámica. Correcciones rápidas, falta de tiempo para profundizar, procesos de evaluación centrados en lo inmediato… todo ello dificulta la búsqueda de un aprendizaje más profundo y significativo.
Lo mismo ocurre en otros ámbitos: soluciones rápidas que no resuelven, decisiones tomadas con poca reflexión, procesos que se simplifican hasta perder su sentido... La inmediatez parece imponerse, aunque sepamos que, a medio o largo plazo, muchas de estas decisiones no son las más adecuadas.
Y, poco a poco, casi sin darnos cuenta, la mediocridad se normaliza.
Lo preocupante no es solo que exista, sino que dejamos de cuestionarla; que comenzamos a aceptar como suficiente aquello que, en otro momento, habríamos considerado insuficiente. Y que, cuando alguien muestra compromiso, esfuerzo o profundidad, lo celebramos como algo extraordinario.
Tal vez sea el momento de preguntarnos si estamos rebajando nuestras expectativas. Si estamos aceptando como normal lo que antes considerábamos mediocre. Y, sobre todo, si estamos contribuyendo, sin darnos cuenta, a esta dinámica.
Porque, en educación y en la vida, la exigencia bien entendida no resta. Al contrario, impulsa. La búsqueda de la calidad, del aprendizaje profundo y del trabajo bien hecho no debería ser algo excepcional. Debería ser, simplemente, lo normal.
Y quizá, recuperar esa mirada sea uno de los retos más importantes de nuestro tiempo.

Corregir siempre ha tenido algo de detective. Quien se dedica a la docencia sabe que, más allá de poner una nota, hay una lectura entre líneas: reconocer estilos, detectar dudas, identificar cuándo algo no encaja. Pero en los últimos meses, esa sensación se ha intensificado. Lees trabajos impecables. Estructuras perfectas. Vocabulario preciso. Argumentaciones aparentemente sólidas. Y, sin embargo, algo falla. No es un error concreto. Es una ausencia. Falta fricción. Falta duda. Falta ese pequeño desorden que deja el pensamiento cuando está en proceso. Entonces lo sabes. No porque la inteligencia artificial esté mal utilizada, sino porque ha dejado de ser una herramienta para convertirse en sustituto. Y ahí es donde empieza el verdadero problema. No se trata de un debate moral sobre copiar o no copiar. Ese marco se queda corto. Tampoco se trata de demonizar la tecnología. La inteligencia artificial es, sin duda, una herramienta poderosa y negarlo sería tan inútil como pedir que desaparezca. La cuestión es otra. Más incómoda. Más profunda. ¿Qué ocurre cuando dejamos de hacer el esfuerzo cognitivo que implica aprender? Porque aprender no es entregar un resultado correcto. Aprender es el proceso que lleva hasta él. Es organizar ideas, equivocarse, reformular, sostener una duda más tiempo del que nos gustaría. Ese bucle infinito del aprender...Es, en definitiva, pensar. Y pensar cuesta. Cuesta tiempo, energía y, sobre todo, tolerancia a la incomodidad. La inteligencia artificial ofrece justo lo contrario: inmediatez, limpieza, seguridad aparente. Un producto terminado sin atravesar el camino. El problema, es que ese camino no es un trámite. Ese camino es el entrenamiento. Desde la psicología cognitiva sabemos que las funciones ejecutivas —flexibilidad cognitiva, memoria de trabajo, control inhibitorio— se desarrollan precisamente a través de ese esfuerzo. No aparecen por exposición pasiva, ni por delegación. Se construyen haciendo. Entrenando. Sudando la camiseta. Cuando ese hacer se externaliza de forma sistemática, lo que se pierde no es solo práctica. Se pierde capacidad. Y esto tiene implicaciones que van más allá del aula. Estamos empezando a ver textos cada vez más correctos… y personas cada vez menos entrenadas para sostener una idea propia, para argumentarla sin apoyos, para detectar incoherencias o matices. El resultado es paradójico: producciones formales de alto nivel con un pensamiento cada vez más superficial. No es una cuestión de inteligencia. Es una cuestión de uso. El cerebro funciona bajo una lógica básica: optimiza recursos. Si puede ahorrar esfuerzo, lo hará. Pero esa eficiencia tiene un coste cuando lo que se deja de hacer es precisamente lo que mantiene activa la capacidad de pensar. No estamos, por tanto, ante un problema de fraude académico. Estamos ante un posible cambio en la forma en que entrenamos —o dejamos de entrenar— nuestras capacidades cognitivas. Estamos, ante una delegación cognitiva. Y eso debería preocuparnos. No porque la inteligencia artificial sea el enemigo, sino porque el riesgo no está en su existencia, sino en cómo la incorporamos. Usarla como apoyo puede ampliar nuestras capacidades. Usarla como sustituto (esa delegación cognitiva que hemos mencionado), puede erosionarlas. La diferencia no es tecnológica. Es educativa. Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos si el alumnado usa inteligencia artificial… y empezar a preguntarnos para qué la está usando. Porque en esa respuesta no solo está en juego la evaluación. Está en juego algo bastante más importante: la calidad del pensamiento que estamos ayudando a construir.

La sociedad no es homogénea, sino todo lo contrario: heterogénea en sus maneras de pensar, de aprender, de expresarse, en sus capacidades y sus percepciones. Eso es lo que le da su riqueza y versatilidad. En los últimos días (concretamente el pasado 2 de abril), con motivo del Día de la Sensibilización sobre el Autismo, se ha hablado mucho de diversidad. Y, sin embargo, quizá todavía necesitamos seguir reflexionando sobre lo que realmente significa. Porque cuando hablamos de diversidad no hablamos solo de aceptar diferencias visibles. Hablamos también de la neurodivergencia, de distintas formas de percibir, procesar y comprender el mundo. Durante mucho tiempo, se ha entendido que había una manera "correcta" de aprender, de relacionarse o de comunicarse. Todo lo que se alejaba de ese modelo se interpretaba como algo que había que corregir o ajustar. Sin embargo, cada vez somos más conscientes de que las diferencias neurológicas forman parte de la propia naturaleza humana. No son excepciones. Son parte de la diversidad. La neurodivergencia incluye múltiples formas de funcionamiento cognitivo: personas con autismo, TDAH, altas capacidades, dislexia, entre otras. Cada una de estas formas de procesar la realidad aporta perspectivas diferentes, maneras distintas de resolver problemas y formas originales de comprender el entorno. Y esa diferencia no resta. Al contrario, suma. La diversidad cognitiva enriquece los grupos, los equipos de trabajo y las comunidades. Aporta nuevas formas de pensar, de analizar situaciones y de encontrar soluciones. Las personas neurodivergentes, con frecuencia, ofrecen miradas alternativas que permiten cuestionar lo establecido, detectar detalles que otras personas no perciben o plantear enfoques innovadores. Esto ocurre en los equipos de trabajo, en el ámbito educativo, en los espacios comunitarios y también en el vecindario, en la vida cotidiana. Cuando la diversidad está presente y se respeta, las comunidades se vuelven más flexibles, más creativas y más humanas. Sin embargo, para que esto sea posible, es necesario un cambio de mirada. Pasar de la idea de "adaptar a la persona" a la idea de "adaptar los entornos". Comprender que la diversidad no es una excepción, sino una característica inherente al ser humano. Y aquí la educación juega un papel fundamental. La escuela es uno de los primeros espacios donde aprendemos a convivir con la diversidad. Cuando la educación incorpora esta mirada, no solo facilita el aprendizaje de todo el alumnado, sino que también contribuye a construir una sociedad más inclusiva. Una sociedad que entiende que las diferencias no son un problema, sino una oportunidad para aprender juntas. Respetar la neurodivergencia implica reconocer el valor de cada persona, comprender que existen múltiples formas de aprender y aceptar que la diversidad forma parte de lo humano. Implica, también, construir entornos educativos más flexibles, donde cada estudiante pueda desarrollarse desde sus fortalezas. Porque, en definitiva, la diversidad no es algo que debamos tolerar. Es algo que nos define. Y cuando la entendemos así, descubrimos que una sociedad diversa no solo es más justa, sino también más rica, más creativa y más preparada para afrontar los retos del futuro.

Desde que somos niñas, la curiosidad nos empuja a descubrir el mundo. Tocamos, preguntamos, desmontamos cosas para ver cómo funcionan (aunque luego no sepamos volver a armarlas). Pero algo pasa con los años y, de repente, nos encontramos en una rutina en la que aprender parece más una obligación que un placer. Pues no. Aprender no debería ser un trámite. La curiosidad es lo que convierte el aprendizaje en algo emocionante, en una aventura en la que nos metemos porque queremos, no porque nos lo exijan. Y lo mejor es que no tiene fecha de caducidad: si la alimentamos bien, nos acompaña toda la vida. ¿Por qué es tan importante la curiosidad? Porque es la gasolina del aprendizaje. Cuando algo nos intriga, nos lanzamos a investigar sin que nadie nos obligue. Queremos saber más, entender mejor, conectar ideas. Es lo que nos hace leer un artículo entero sin mirar el móvil, ver documentales sin pestañear o incluso meternos en cursos solo por el placer de descubrir algo nuevo. Además, en un mundo que cambia a toda velocidad, vivimos en una continua montaña rusa y la curiosidad nos ayuda a adaptarnos a esos entornos VICA (o VUCA), pero eso es para otro artículo.... Si estamos siempre abiertas a aprender, los cambios no nos pillan desprevenidas. Nos atrevemos con nuevos retos, nos reciclamos y hasta nos sorprendemos a nosotras mismas con lo que somos capaces de hacer. Pero... ¿Cómo mantenerla viva? Porque, a veces, la rutina nos apaga un poco esa chispa... Pero hay algunos trucos para mantenerla encendida: Hazte preguntas todo el tiempo. No des nada por hecho. ¿Por qué funciona así? ¿Cómo lo haría yo de otra manera? Sal de tu comodidad. Lee sobre temas que nunca te han interesado, habla con gente diferente, prueba actividades nuevas. Permítete aprender por placer. No hace falta que todo tenga un propósito práctico. A veces, simplemente disfrutar del proceso ya es suficiente. Rodéate de personas curiosas, porque la curiosidad es contagiosa. Si estás con gente que se hace preguntas y busca respuestas, acabarás haciendo lo mismo. Ahora bien... la curiosidad y educación frecuentemente tienen una relación complicada. El sistema educativo no siempre sabe cómo manejar la curiosidad. Muchas veces, la mata o la aplasta con contenidos rígidos, exámenes memorísticos y respuestas cerradas. Pero hay maneras de devolverle la vida: aprender a través de proyectos, dejar espacio a la experimentación y dar valor a las preguntas en lugar de solo a las respuestas. Experimentar... sentir... indagar... esa es la clave. Y esto no es solo cosa de colegios o universidades. Si trabajas con personas, si eres madre, tía, amiga o simplemente compartes espacio con otras mujeres, puedes ayudar a despertar la curiosidad a tu alrededor. Porque cuando alguien empieza a cuestionarse cosas, a mirar el mundo con ojos nuevos, el aprendizaje se vuelve imparable. Despertemos la sororidad curiosa... Y es que, la curiosidad no es solo cosa de niñas. Es la herramienta más potente que tenemos para aprender de verdad, sin imposiciones ni presiones. Pues ya lo sabes: pregunta, explora, atrévete a no saberlo todo y disfruta del viaje. Aprender es la llave que abre todas las puertas.









































































































