60
Sesenta

60
Hoy cumplo 60 años. Sesenta.
Hay cumpleaños que pasan casi sin hacer ruido y otros que parecen pedirte que te sientes un rato delante de tu propia vida.
Este es uno de ellos.
No me he levantado sintiéndome diferente a ayer. Sigo teniendo proyectos, curiosidad, ganas de aprender, de crear y esa costumbre bastante incorregible de pensar «¿y si…?» y acabar metida en alguna historia nueva.
Pero 60 es una cifra suficientemente redonda como para sacar cuentas. Y cuando sacas cuentas a esta edad descubres algo evidente: ya has vivido más de la mitad de tu vida.
No me resulta triste. Me resulta revelador.
Porque hay una diferencia importante entre saber que el tiempo pasa y ser consciente de que el tiempo que pasa es tu vida.
Mirar hacia atrás permite ver muchas vidas dentro de una misma. La persona que fuiste a los veinte, a los treinta, a los cuarenta... Los lugares en los que estuviste, las personas que llegaron, las que se quedaron y las que se fueron. Las decisiones acertadas y aquellas que hoy tomarías de otra manera. Los momentos extraordinarios y también esos periodos en los que conseguir llegar al día siguiente ya fue bastante extraordinario.
Y están también las cosas que quisiste. Algunas siguen ahí. Pero otras ya no.
Y eso me parece una de las ventajas de cumplir años.
Hay sueños que no has abandonado y que todavía quieres perseguir. Hay otros nuevos que ni siquiera existían hace diez años. Pero también hay objetivos que un día parecieron imprescindibles y hoy han dejado de tener importancia.
No porque ya no puedas alcanzarlos. Sino porque ya no los necesitas. Hay batallas que ya no quieres librar. Opiniones que ya no necesitas cambiar. Reconocimientos que han perdido importancia. Lugares a los que ya no necesitas llegar para demostrar nada a nadie, quizá tampoco a ti misma. Porque cumplir años también es aprender a elegir.
Y entonces, aparece inevitablemente otra pregunta: ¿Qué quiero hacer con el tiempo que queda?
Mi respuesta sigue siendo la misma: muchas cosas.
Quiero seguir aprendiendo cosas que todavía no sé. Conocer lugares en los que nunca he estado. Escribir. Hacer música. Crear proyectos que ahora mismo ni siquiera existen. Conocer personas que todavía no sé si algún día serán importantes. Seguir cambiando de opinión cuando encuentre razones para hacerlo. Seguir empezando. Reconvertirme. Seguir ofreciendo mi tiempo a causas (perdidas o para perderse).
Hace años escribí una canción titulada Dejando huella. Comenzaba diciendo:
«Quiero hacer tantas cosas;
dejar mi huella en un mañana
en el que sé que no estaré».
Hoy esas palabras me interpelan de otra manera. Porque a los 60 la pregunta sobre la huella deja de ser una idea lejana. ¿Qué quiero dejar? No hablo de ser recordada. Ni de grandes obras, homenajes o nombres escritos en ninguna parte. Hablo de haber aportado algo. De las canciones que alguien escuchó y quizá hizo suyas. De las palabras que escribí y llegaron a alguien que nunca conoceré. De lo que enseñé y, sobre todo, de lo que fui capaz de despertar en otras personas. De los proyectos que construí con otras manos. De las ideas que lancé al aire y quizá alguien recogió. De las personas a las que acompañé durante un trocito de camino y de todo lo que ellas dejaron también en mí.
Porque las huellas nunca son unidireccionales. Vamos dejando y recogiendo huellas mientras vivimos. Quizá por eso hoy me resulta especialmente significativo otro verso de aquella canción:
«Vamos haciendo sendero y viaje,
siendo juez y parte al andar».
Eso es la vida, al final. Ir haciendo camino mientras decides por dónde quieres caminar. Y también equivocarte de sendero. Volver. Cambiar de dirección. Pararte. Empezar otra vez.
A los 60 miro hacia atrás y siento orgullo. No porque todo haya salido como esperaba. Siento orgullo porque reconozco mi vida como mía. Con sus aciertos y sus meteduras de pata. Con sus pérdidas y sus encuentros. Con las veces que avancé y con aquellas en las que simplemente conseguí mantenerme a flote (con algún que otro revolcón por el sendero).
Curiosamente, también escribí sobre eso:
«Lucho por seguir a flote
y contracorriente».
Hoy sé que no todas las corrientes merecen que nademos contra ellas. Algunas pueden seguir tranquilamente su curso mientras una se dedica a otra cosa.
Quizá esa sea una de mis cuentas a los 60. Elegir mejor dónde pongo mi tiempo. Y mi energía. Y mis ganas.
Porque quiero seguir haciendo cosas. Muchas. Pero quiero hacer, sobre todo, aquellas que tengan sentido. Crear. Compartir. Aprender. Enseñar. Querer. Disfrutar. Construir proyectos que mejoren, aunque sea un poquito, el lugar en el que me ha tocado vivir.
Y seguir soñando despierta y montándome quimeras, aunque algunas se vayan por la mañana sin saludar. Otras se quedan. Y algunas, contra todo pronóstico, terminan haciéndose realidad.
Así que hoy no quiero celebrar solamente que he llegado a los 60. Quiero celebrar que todavía tengo ganas de camino. No sé cuánto queda. Nadie lo sabe. Pero sí puedo decidir cómo quiero recorrerlo. Sin correr detrás de todos los trenes. Sin subirme a todos los autobuses. Eligiendo cuáles son los míos. Y procurando, mientras avanzo, dejar alguna huella. Aunque sea pequeña. Aunque solo permanezca en una persona.
Porque quizá de eso se trataba todo.
https://youtu.be/w8HaN9kv1JU?si=vMM65CegPWm2fBo6












































































































