60

Maria Dolors Miquel Abril • 24 de julio de 2026

Sesenta

60

Hoy cumplo 60 años. Sesenta.


Hay cumpleaños que pasan casi sin hacer ruido y otros que parecen pedirte que te sientes un rato delante de tu propia vida.


Este es uno de ellos.


No me he levantado sintiéndome diferente a ayer. Sigo teniendo proyectos, curiosidad, ganas de aprender, de crear y esa costumbre bastante incorregible de pensar «¿y si…?» y acabar metida en alguna historia nueva.

Pero 60 es una cifra suficientemente redonda como para sacar cuentas. Y cuando sacas cuentas a esta edad descubres algo evidente: ya has vivido más de la mitad de tu vida.


No me resulta triste. Me resulta revelador.


Porque hay una diferencia importante entre saber que el tiempo pasa y ser consciente de que el tiempo que pasa es tu vida.


Mirar hacia atrás permite ver muchas vidas dentro de una misma. La persona que fuiste a los veinte, a los treinta, a los cuarenta... Los lugares en los que estuviste, las personas que llegaron, las que se quedaron y las que se fueron. Las decisiones acertadas y aquellas que hoy tomarías de otra manera. Los momentos extraordinarios y también esos periodos en los que conseguir llegar al día siguiente ya fue bastante extraordinario.


Y están también las cosas que quisiste. Algunas siguen ahí. Pero otras ya no.


Y eso me parece una de las ventajas de cumplir años.


Hay sueños que no has abandonado y que todavía quieres perseguir. Hay otros nuevos que ni siquiera existían hace diez años. Pero también hay objetivos que un día parecieron imprescindibles y hoy han dejado de tener importancia.


No porque ya no puedas alcanzarlos. Sino porque ya no los necesitas. Hay batallas que ya no quieres librar. Opiniones que ya no necesitas cambiar. Reconocimientos que han perdido importancia. Lugares a los que ya no necesitas llegar para demostrar nada a nadie, quizá tampoco a ti misma. Porque cumplir años también es aprender a elegir.


Y entonces, aparece inevitablemente otra pregunta: ¿Qué quiero hacer con el tiempo que queda?


Mi respuesta sigue siendo la misma: muchas cosas.


Quiero seguir aprendiendo cosas que todavía no sé. Conocer lugares en los que nunca he estado. Escribir. Hacer música. Crear proyectos que ahora mismo ni siquiera existen. Conocer personas que todavía no sé si algún día serán importantes. Seguir cambiando de opinión cuando encuentre razones para hacerlo. Seguir empezando. Reconvertirme. Seguir ofreciendo mi tiempo a causas (perdidas o para perderse).


Hace años escribí una canción titulada Dejando huella. Comenzaba diciendo:

«Quiero hacer tantas cosas;
dejar mi huella en un mañana
en el que sé que no estaré».

Hoy esas palabras me interpelan de otra manera. Porque a los 60 la pregunta sobre la huella deja de ser una idea lejana. ¿Qué quiero dejar? No hablo de ser recordada. Ni de grandes obras, homenajes o nombres escritos en ninguna parte. Hablo de haber aportado algo. De las canciones que alguien escuchó y quizá hizo suyas. De las palabras que escribí y llegaron a alguien que nunca conoceré. De lo que enseñé y, sobre todo, de lo que fui capaz de despertar en otras personas. De los proyectos que construí con otras manos. De las ideas que lancé al aire y quizá alguien recogió. De las personas a las que acompañé durante un trocito de camino y de todo lo que ellas dejaron también en mí.


Porque las huellas nunca son unidireccionales. Vamos dejando y recogiendo huellas mientras vivimos. Quizá por eso hoy me resulta especialmente significativo otro verso de aquella canción:

«Vamos haciendo sendero y viaje,
siendo juez y parte al andar».

Eso es la vida, al final. Ir haciendo camino mientras decides por dónde quieres caminar. Y también equivocarte de sendero. Volver. Cambiar de dirección. Pararte. Empezar otra vez.


A los 60 miro hacia atrás y siento orgullo. No porque todo haya salido como esperaba. Siento orgullo porque reconozco mi vida como mía. Con sus aciertos y sus meteduras de pata. Con sus pérdidas y sus encuentros. Con las veces que avancé y con aquellas en las que simplemente conseguí mantenerme a flote (con algún que otro revolcón por el sendero).


Curiosamente, también escribí sobre eso:

«Lucho por seguir a flote
y contracorriente».

Hoy sé que no todas las corrientes merecen que nademos contra ellas. Algunas pueden seguir tranquilamente su curso mientras una se dedica a otra cosa.

Quizá esa sea una de mis cuentas a los 60. Elegir mejor dónde pongo mi tiempo. Y mi energía. Y mis ganas.

Porque quiero seguir haciendo cosas. Muchas. Pero quiero hacer, sobre todo, aquellas que tengan sentido. Crear. Compartir. Aprender. Enseñar. Querer. Disfrutar. Construir proyectos que mejoren, aunque sea un poquito, el lugar en el que me ha tocado vivir.

Y seguir soñando despierta y montándome quimeras, aunque algunas se vayan por la mañana sin saludar. Otras se quedan. Y algunas, contra todo pronóstico, terminan haciéndose realidad.

Así que hoy no quiero celebrar solamente que he llegado a los 60. Quiero celebrar que todavía tengo ganas de camino. No sé cuánto queda. Nadie lo sabe. Pero sí puedo decidir cómo quiero recorrerlo. Sin correr detrás de todos los trenes. Sin subirme a todos los autobuses. Eligiendo cuáles son los míos. Y procurando, mientras avanzo, dejar alguna huella. Aunque sea pequeña. Aunque solo permanezca en una persona. 


Porque quizá de eso se trataba todo.


https://youtu.be/w8HaN9kv1JU?si=vMM65CegPWm2fBo6

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Corregir siempre ha tenido algo de detective. Quien se dedica a la docencia sabe que, más allá de poner una nota, hay una lectura entre líneas: reconocer estilos, detectar dudas, identificar cuándo algo no encaja. Pero en los últimos meses, esa sensación se ha intensificado. Lees trabajos impecables. Estructuras perfectas. Vocabulario preciso. Argumentaciones aparentemente sólidas. Y, sin embargo, algo falla. No es un error concreto. Es una ausencia. Falta fricción. Falta duda. Falta ese pequeño desorden que deja el pensamiento cuando está en proceso. Entonces lo sabes. No porque la inteligencia artificial esté mal utilizada, sino porque ha dejado de ser una herramienta para convertirse en sustituto. Y ahí es donde empieza el verdadero problema. No se trata de un debate moral sobre copiar o no copiar. Ese marco se queda corto. Tampoco se trata de demonizar la tecnología. La inteligencia artificial es, sin duda, una herramienta poderosa y negarlo sería tan inútil como pedir que desaparezca. La cuestión es otra. Más incómoda. Más profunda. ¿Qué ocurre cuando dejamos de hacer el esfuerzo cognitivo que implica aprender? Porque aprender no es entregar un resultado correcto. Aprender es el proceso que lleva hasta él. Es organizar ideas, equivocarse, reformular, sostener una duda más tiempo del que nos gustaría. Ese bucle infinito del aprender...Es, en definitiva, pensar. Y pensar cuesta. Cuesta tiempo, energía y, sobre todo, tolerancia a la incomodidad. La inteligencia artificial ofrece justo lo contrario: inmediatez, limpieza, seguridad aparente. Un producto terminado sin atravesar el camino. El problema, es que ese camino no es un trámite. Ese camino es el entrenamiento. Desde la psicología cognitiva sabemos que las funciones ejecutivas —flexibilidad cognitiva, memoria de trabajo, control inhibitorio— se desarrollan precisamente a través de ese esfuerzo. No aparecen por exposición pasiva, ni por delegación. Se construyen haciendo. Entrenando. Sudando la camiseta. Cuando ese hacer se externaliza de forma sistemática, lo que se pierde no es solo práctica. Se pierde capacidad. Y esto tiene implicaciones que van más allá del aula. Estamos empezando a ver textos cada vez más correctos… y personas cada vez menos entrenadas para sostener una idea propia, para argumentarla sin apoyos, para detectar incoherencias o matices. El resultado es paradójico: producciones formales de alto nivel con un pensamiento cada vez más superficial. No es una cuestión de inteligencia. Es una cuestión de uso. El cerebro funciona bajo una lógica básica: optimiza recursos. Si puede ahorrar esfuerzo, lo hará. Pero esa eficiencia tiene un coste cuando lo que se deja de hacer es precisamente lo que mantiene activa la capacidad de pensar. No estamos, por tanto, ante un problema de fraude académico. Estamos ante un posible cambio en la forma en que entrenamos —o dejamos de entrenar— nuestras capacidades cognitivas. Estamos, ante una delegación cognitiva. Y eso debería preocuparnos. No porque la inteligencia artificial sea el enemigo, sino porque el riesgo no está en su existencia, sino en cómo la incorporamos. Usarla como apoyo puede ampliar nuestras capacidades. Usarla como sustituto (esa delegación cognitiva que hemos mencionado), puede erosionarlas. La diferencia no es tecnológica. Es educativa. Quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos si el alumnado usa inteligencia artificial… y empezar a preguntarnos para qué la está usando. Porque en esa respuesta no solo está en juego la evaluación. Está en juego algo bastante más importante: la calidad del pensamiento que estamos ayudando a construir.
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Desde que somos niñas, la curiosidad nos empuja a descubrir el mundo. Tocamos, preguntamos, desmontamos cosas para ver cómo funcionan (aunque luego no sepamos volver a armarlas). Pero algo pasa con los años y, de repente, nos encontramos en una rutina en la que aprender parece más una obligación que un placer. Pues no. Aprender no debería ser un trámite. La curiosidad es lo que convierte el aprendizaje en algo emocionante, en una aventura en la que nos metemos porque queremos, no porque nos lo exijan. Y lo mejor es que no tiene fecha de caducidad: si la alimentamos bien, nos acompaña toda la vida. ¿Por qué es tan importante la curiosidad? Porque es la gasolina del aprendizaje. Cuando algo nos intriga, nos lanzamos a investigar sin que nadie nos obligue. Queremos saber más, entender mejor, conectar ideas. Es lo que nos hace leer un artículo entero sin mirar el móvil, ver documentales sin pestañear o incluso meternos en cursos solo por el placer de descubrir algo nuevo. Además, en un mundo que cambia a toda velocidad, vivimos en una continua montaña rusa y la curiosidad nos ayuda a adaptarnos a esos entornos VICA (o VUCA), pero eso es para otro artículo.... Si estamos siempre abiertas a aprender, los cambios no nos pillan desprevenidas. Nos atrevemos con nuevos retos, nos reciclamos y hasta nos sorprendemos a nosotras mismas con lo que somos capaces de hacer. Pero... ¿Cómo mantenerla viva? Porque, a veces, la rutina nos apaga un poco esa chispa... Pero hay algunos trucos para mantenerla encendida: Hazte preguntas todo el tiempo. No des nada por hecho. ¿Por qué funciona así? ¿Cómo lo haría yo de otra manera? Sal de tu comodidad. Lee sobre temas que nunca te han interesado, habla con gente diferente, prueba actividades nuevas. Permítete aprender por placer. No hace falta que todo tenga un propósito práctico. A veces, simplemente disfrutar del proceso ya es suficiente. Rodéate de personas curiosas, porque la curiosidad es contagiosa. Si estás con gente que se hace preguntas y busca respuestas, acabarás haciendo lo mismo. Ahora bien... la curiosidad y educación frecuentemente tienen una relación complicada. El sistema educativo no siempre sabe cómo manejar la curiosidad. Muchas veces, la mata o la aplasta con contenidos rígidos, exámenes memorísticos y respuestas cerradas. Pero hay maneras de devolverle la vida: aprender a través de proyectos, dejar espacio a la experimentación y dar valor a las preguntas en lugar de solo a las respuestas. Experimentar... sentir... indagar... esa es la clave. Y esto no es solo cosa de colegios o universidades. Si trabajas con personas, si eres madre, tía, amiga o simplemente compartes espacio con otras mujeres, puedes ayudar a despertar la curiosidad a tu alrededor. Porque cuando alguien empieza a cuestionarse cosas, a mirar el mundo con ojos nuevos, el aprendizaje se vuelve imparable. Despertemos la sororidad curiosa... Y es que, la curiosidad no es solo cosa de niñas. Es la herramienta más potente que tenemos para aprender de verdad, sin imposiciones ni presiones. Pues ya lo sabes: pregunta, explora, atrévete a no saberlo todo y disfruta del viaje. Aprender es la llave que abre todas las puertas.